La salida de Alberto Ravell de la dirección de Globovisión coloca sobre la mesa un claro ejemplo de la antagonía entre democracia y capitalismo. Suponiendo, como quizas sucede, que la masa disociada y controlada por la línea editorial del canal manifieste su apoyo incondicional al ex-director, su vocería sería completamente ignorada por quienes toman verdaderamente las decisiones en una compañía privada: los propietarios. Y es que este ejemplo de ejercicio arbitrario del poder de decisión de un grupo sin importar la opinión del colectivo al que se deben representa la realidad del sistema capitalista, donde mandan quienes son dueños del capital y de los medios de producción, la propiedad privada.
Bajo la concepción socialista de la propiedad, los desamparados trabajadores de Globovisión, leales a Ravell, tendrían control sobre las decisiones de su espacio de trabajo, y podrían decidir lo que consideraran mejor para los interesés de esta propiedad colectiva: serían corresponsables. El mismo ex-director de Globovisión anunció que "cualquier decisión será consultada con los trabajadores", para al cabo de unas horas ver un anuncio del capitalista mayor, socio mayoritario, principal accionista, propietario o nuevo director (definición a gusto de quien lee) afirmando que "Ravell sale por problemas conmigo", o en otras palabras: aqui manda el capital.
Vemos entonces cómo el sistema que siempre han negado, insultado y menospreciado contiene dentro de sus propuestas las herramientas para que los trabajadores y verdaderos creadores de la riqueza de ese canal de televisión, y cualquier otra empresa capitalista, conquisten los espacios que les pertenecen, construyendo relaciones de propiedad y producción colectivas, las únicas en las que se puede ejercer verdaderamente la democracia.
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