España: ¿hacia la III República? (I)
José SteinslegerLa Jornada
A los latinoamericanos nos unen muchos lazos con España. Digo: con la
España que no es de pandereta. O sea, con todos los pueblos de la
península ibérica (los portugueses, inclusive), pues no todos por allá
se sienten “españoles”.
Las angustias de los pueblos ibéricos han sido y son las
nuestras. Y vaya si no que, del Bravo al Plata, así empezó el
inconcluso debate de nuestra primera independencia. En América triunfó
el ideal republicano que en España fracasó en dos ocasiones (1875 y
1939). Pero en ambas latitudes también fracasó el federalismo, que a
sus naciones les hubiese dado coherencia y sentido.
En el folleto América Latina: una agenda para la libertad,
la derecha española, acaudillada por el fascista José María Aznar y
“empresarios de la cultura” como Enrique Krauze (más extrema,
inclusive, que la del rey Juan Carlos I de Borbón), se sostiene que
América Latina y España pertenecen a “Occidente”. ¿Qué se entiende por
tal? Si desarrollasen la idea, harían el ridículo. Invocar “Occidente”
sin más es mera ideología derechista.
Ahora bien: España y América Latina son tributarias de
“Occidente”. Pero la idea de “Occidente”, políticamente fue explicada
muy bien por José Martí. Decía el cubano que el municipio “… es lo más
tenaz de la civilización romana, y lo más humano de la España
colonial”. Añadiendo: “… por los municipios, en las más de las
colonias, entró la libertad en América. Ésa es la raíz y ésa es la sal
de la libertad: el municipio.” (El Partido Liberal, México, 25 de noviembre de 1891.)
Nuestro concepto de “libertad occidental” difiere, entonces,
del que esgrimen Aznar y Krauze, alineados con el imperialismo yanqui,
y el genocidio de los pueblos “inferiores”. No es casual, por ende, que
con feroz espíritu de casta y clase, el folleto de marras señale el
“peligro” de los procesos revolucionarios en Cuba, Venezuela, Ecuador y
Bolivia, a más de los que avanzan en Brasil, Colombia, México y Perú.
Tienen miedo. Ya no de los patriotas que en 1810, salvo
excepciones, no pudieron o entendieron mal a los pueblos indígenas, de
mestizos, zambos, mulatos y negros que anhelaban liberar. Y ya no de
aquellas juventudes de 1960 y 1970, que tampoco consiguieron que las
masas se incorporasen a sus ideales revolucionarios.
Asimismo,
allende el gran charco, la idea republicana empieza a moverse y, en
ambas orillas, súbditos y vasallos claman al unísono que el rey es “muy
querido” por la mayoría de los españoles. Y probablemente, si mañana se
convocase a un plebiscito luego de 40 años de franquismo (200 mil
muertos) y 32 años de estupidización neoliberal (millones), el borbón
sería refrendado como parásito nacional número uno.
Como fuere, los sectores no amnésicos de la península empiezan
a recuperar y ordenar la memoria. No es, como hemos visto, la primera
vez que lo hacen. Y menos cuando se trata de una Casa Real que, en
cuatro ocasiones, o fueron infieles con sus fieles, o fueron derrotados
por la plebe: Carlos IV abdicó a favor de Napoleón (1808). Su hijo
Fernando VII, a más de traicionar al padre, traicionó al pueblo a favor
de José Bonaparte. Alfonso XII fue derrotado por la I República (1870)
y Alfonso XIII por la II República (1931).
A la derecha española, y a sus vasallos intelectuales de
América Latina, les encanta reiterar que nuestros países son
“bananeros”, “atrasados”, “convulsos”, “inseguros”, “reacios a la
modernidad”, etcétera. ¿Cómo explican, entonces, que en España todos
los ciudadanos, menos el rey, “son iguales ante la ley”? ¿La idea de
“rey”, de “monarquía” es feudal o moderna?
Pero ahí está el monarca locuaz, constitucionalmente intocable
e inviolable, no sometido a responsabilidad ni civil ni penal y, por
tanto, sin que pueda ser juzgado ni sentenciado. Y, a más de esto,
ubicado en el lugar 134 entre los más ricos del mundo (Forbes, 2003) gracias a esas mayorías que nutren sus ideas de la revista Hola,
consienten que el erario desembolse 8 millones de euros en su
mantenimiento, corriendo por cuenta del Estado sus yates, coches de
lujo y “accidentes de trabajo” (prácticas de esquí, motonáutica, caídas
de caballos de raza, etcétera).
España, dicen los ideólogos de Hola y El País,
es una sociedad “abierta”. Sin embargo, “… el que calumniare o
injuriare al rey será castigado con la pena de seis meses a dos años si
la calumnia o injuria fueran graves…” (Código Penal, artículo 490.3).
¿Por qué España necesita de un rey? Y lo fundamental: ¿cómo
llegó Juan Carlos al trono de una sociedad que ya no era la de Unamuno,
García Lorca o, siquiera, la de un erudito derechista como Julián
Marías, sino la de los Savater, Pérez Reverté y un bobo sin remedio
como Javier Marías, una España que ya no es de los Manuel Azaña,
Durruti y Pasionaria, sino la de los Felipe González, Aznar e
“Izquierda Unida”?
¿Es Juan Carlos un gobernante democrático? ¿Qué papel real
jugó en el intento golpista del 23 de febrero de 1981? No se pierda la
segunda parte de este artículo. La “ejemplar” democracia española no
permitiría su publicación.
Rebelión






